domingo, 24 de diciembre de 2023

Tarde de Fútbol


Era una de esas tarde de primavera, ya casi verano, en las que hacía un calor pegajoso. Una tarde de esas en las que la sombra es tu mayor aliada y los helados te los bebes en tarrina. Y por eso decidimos que lo mejor era ir a jugar a fútbol. Pero no a echar una pachanguita de colegueo, no, a reventarnos como si eso fuera la final de la Champions. 

Así que, a eso de las cinco, nos juntamos todos en aquella cancha de asfalto en la que podías freír un huevo. Éramos muchos. Muchísimos más de lo esperado. Por lo menos… ¡Siete! Nunca nos habíamos juntado tantos para jugar, era un hito remarcable. Se habían alineado los astros de alguna manera para que se diese aquella extraña coincidencia. Y no solo eso, cuando nos presentamos en el campo, ya había unos chavales jugando y, lejos de irse o de pasar de nosotros, nos propusieron unirnos. 

¡DOCE! Un verdadero milagro. 

Hicimos dos equipos de seis. Propusimos mezclarnos con ellos, para hacerlo más equilibrado, pero declinaron la oferta. No les dimos importancia, mandamos a Chino (que de los siete era el más ofensivo a lo que es la práctica del deporte balompédico), confiando en que así los íbamos a machacar ¡Que ilusos! Por ser un par de años mayores, ya nos creíamos mejores. Pero no, nada más lejos de la realidad. 

Nada más rodar el balón, se pusieron a jugar entre ellos. Era como jugar contra la Brasil del 70’, solo podíamos observar como nos sobrepasaban y, de vez en cuando, rozar la pelota para mandarla al quinto pino, lejos de la portería. No tardaron mucho en marcarnos un gol. Y luego otro. Y otro. Y otro. Y otro más. Al octavo, pedimos cambiar. Por que no se hiciese monótono, más que nada.

Tras una larga hora, en la que permutamos los equipos de todas las maneras distintas y, aún así, los chavales nos bailaron de lo lindo. Peeero, tras esa larga hora llegó nuestra salvación. La única manera que teníamos de equilibrar las cosas y dejar de dar lástima: Los chavales decidieron irse. 

Y así, quedándonos los siete, pues no tuvimos otra que seguir jugando. Más que nada porque apenas habíamos tocado bola hasta el momento. Estábamos hechos unos verdaderos trapos, reventados de correr detrás del balón y tan sudados que ignoro como no se desmayó ninguno por falta de hidratación. Teníamos quince años y éramos unos verdaderos cafres así que, hicimos parejas y el que sobraba se puso de portero. 

Las reglas básicas, Casio las vociferó para que no se nos olvidasen de todos modos:

Se juega en parejas

Es una eliminatoria, así que se juega una ronda previa y se clasifican dos parejas para la final. 

El portero rota con uno de los miembros de la primera pareja “eliminada”

Hay que salir del área si el balón cambia de pareja

Las mismas reglas de siempre y repetidas hasta la saciedad, y aún así Chino se equivocó y chutó desde dentro del área después de que le cayese un rechace en el pie. Ahí saltó la primera discusión, calentando el ambiente. Los siguientes minutos el fútbol pasó a un segundo plano. Los golpes se iban sucediendo: Las cargas, los codazos, los pisotones, las pataditas e incluso algún que otro cabezazo. Yo tuve la suerte de estar de portero en ese momento. Nunca he sido un buen portero, ni siquiera jugador, pero aquella tarde batí mi propio récord, más de media hora defendiendo los palos. Apenas chutaban, se esperaban los unos a los otros en el borde del área, preparados para intentar hacer alguna humillante gambeta. Casio estaba en su salsa, le encantaba regatear, lo único que cuando se movía, dejaba que sus brazos se balanceasen sin ningún control, convirtiéndose en un ventilador de tortas. Él lo hacía de una manera totalmente inconsciente, pero solo lograba avivar las llamas del cabreo. Con él hacía equipo Chino, que apenas estaba tocando bola, pero se estaba llevando todas las hostias, por bocazas. 

En un “descuido” del chaval, Jairo aprovechó para soltar un zurriagazo hacia la portería que, evidentemente, no paré. Esa bola venía hacia mi cara silbando así que, tirando de reflejos, esquivé grácilmente. Jairo y Sammy, que era su compañero, celebraron imitando la  mítica celebración que hacía Cristiano con Marcelo. Eso solo calentó más a Albert, que es muy del Barça, y fue celebrado en su cara. 

Saqué con ganas, lanzando el balón de una patada casi hasta la otra portería. Gael, que llevaba todo el partido viéndolas venir, se lanzó a correr como una autentica gacela. Con la elegancia de un muñeco de futbolín, dejó atrás a Casio y le pegó un pepinazo a su compañero, que no pudo controlar. Albert le echó esa mirada de furia que pone cuando se frustra, empezando a correr a por Chino, que ya corría hacía mi, con el balón en los pies. 

Albert se puso a su par muy rápido, arrinconándolo en una esquina del campo. Chino comenzó a pasar los pies sobre la bola, haciendo una suerte de bicicleta, que más que la filigrana, parecía que se estaba haciendo pis. Mientras hacía eso graznaba cual urraca, intentando distraer a su rival. Casio le daba indicaciones, mientras volvía al trote cochinero. 

Aún no nos explicamos cómo se desarrollaron los siguientes acontecimientos. Queriendo lucirse, le tiró un caño a Albert, pero inexplicablemente terminó subido en el balón. No que se pusiese momentáneamente sobre el balón, para hacerse el chulo, sino que se subió al balón ¡en movimiento! Y se desplazó, a lo sumo, un metro, hasta que la pelota chocó contra un pequeño resalto que dividía el campo de los parterres de hierba. Y no solo eso, cuando chocó, un pie le quedó entre el resalto y el balón. 

Las risas fueron acalladas por los gritos de dolor. Jairo fue el primero en acercarse, agarró el tobillo de Chino con fuerza y lo movió, queriendo comprobar si estaba roto: «Es sólo el golpe. Tú, deja de quejarte, no seas marica». Chino no dejaba de gimotear, mientras se retorcía en el suelo. Lo levantamos como pudimos, porque la de colaborar no se la sabía, y lo llevamos hasta la fuente. No teníamos muy claro que hacer, igual refrescárselo le aliviaba.

«No voy a poder ir a EuroDisney» lloró, quitándose la bota. Diecisiete años tenía el colega cuando pronunció aquellas palabras. Diecisiete años y, por lo menos, diez visitas al parque de Disney, la última, hacía escasos meses. Eso solo enfadó más a Jairo que, tras un improperio, lo levantó y lo hizo andar. Como un árbol seco hubiese caído, si no lo hubiésemos sujetado a tiempo.

«Llamar a mi padre» dijo, mientras contenía las ganas de vomitar. Era como ver a un niño de parvulario. Demasiado incómodo para todos. Mientras Casio llamaba al padre, entre Gael y yo lo llevamos a un banco, a que se sentase, porque se estaba mareando. Un esperpento, vaya. 

El padre tardó más de lo que esperamos. Casi cuarenta minutos para recorrer, en coche, un trayecto que no se tarda en recorrer más de diez. «¿A ver?... Bah, es solo el golpe» resolvió, cogiendo a su hijo como una muñeca y metiéndolo al coche: «¡Eso no es nada! Ahora reposamos un par de días y como nuevo, a montarte en todas las atracciones». La manera tan infantil con la que lo trató nos resultó, de nuevo, incómoda. Chino es el mayor del grupo, pero no lo ha parecido nunca. «Chavales, ¿me podéis llevar la bici de Izan a casa? Es que no me cabe en el coche», nos casi ordenó el padre, asomándose por la ventanilla. Y sin siquiera esperar la respuesta, dio un acelerón y se fue. 

Y así terminó nuestro evento deportivo, como siempre, cuando Chino se hizo daño. Llevamos la bici como nos pidió el padre y nos largamos, cada uno por su lado. Casio y yo nos fuimos a casa de Albert, a echar unos FIFA’s, y ahí sí, ahí sí que disfrutamos de una buena tarde de fútbol. 


domingo, 17 de diciembre de 2023

Zarlak, el Heroico Héroe contrra las fuerzas del Maligno mal


Cuando el cielo tornó rojo y la tierra lloró lava, ya sabían que el fin estaba cerca. Las antiguas profecías hablaban de un cataclismo de tal magnitud, pero nadie creía, con el pasar de los años, que fuera a ser real. Con la caída de las siete estrellas supieron que los sellos se habían roto y el pacto que mantenía al reino de los monstruos a raya dejó de tener validez. Seres del abismo comenzaron a campar a sus anchas por la tierra, sembrando caos y destrucción a su paso, pues no entendían la vida de otro modo. 

Muchos fueron los héroes que se alzaron en armas para repeler al ejército de las tinieblas: Bullstrode, el Terror de los Gnomos, famoso por la batalla de los Campos de Berrynt, donde acabó él solo con más de un centenar de pequeños e indefensos gnomos; Abernathy, El Coleccionista de Hueso, que se iba creando una armadura con los huesos de los enemigos que iba acabando, hasta que el peso le impidió moverse en la batalla de las minas de Durrbunrig y una quimera se lo llevó por delante; Meredith, La de las Mil Flechas, una arquera excepcional, capaz de enfocar su vista en objetivos que se encontraban a millas de distancia, lástima que no la acompañase su puntería;  o Clayton Clayson, el Envenenador de Batington, un panadero que se vio envuelto en un conflicto y terminó con un regimiento entero de orcos, al devorar estos un cajón de hogazas de pan en mal estado.

Pero de entre todos los valientes que entregaron su vida y conocimientos a la causa de salvaguardar la tierra, un nombre se destacó por encima del resto. Un nombre que, con solo escucharlo, hacía estremecerse hasta al más aguerrido de los hombres. Un nombre que, al pronunciarse, hacía temblar la tierra misma. Un hombre que, él sólo y sin ningun tipo de armas, logró la gran hazaña de derrotar a Malebranche, el Despiadado, uno de los comandantes del ejercito de las tinieblas. Y ese afamado nombre era Zarlak, el Destructivo, Campeón de la Humanidad, Comandante en Jefe de los Ejércitos de la Tierra Unida, Espada del Rey Raham, Conocedor de los Canticos antiguos y Guardian de las Profecías. 

Bajo el liderazgo de ese hombre, la humanidad fue recuperando terreno, hasta hacer retroceder a todo el ejercito de las tinieblas hasta el paso de Glurk. Allí se daría la batalla final, en la que se decidiría el destino de la tierra. 

En el bando de la humanidad, aparte de Zarlak, se encontraban los grandes héroes que no habían perecido de forma absurda. Las fuerzas oscuras no se quedaron atrás, todo monstruo cuanto pudo estuvo allí, desde los gigantes de Glap, hasta los dragones de la isla de Bñurr. Cuando los tres comandantes del inframundo hicieron su aparición en escena, la moral de las tropas humanas decayó, pero entonces Zarlak se alzó con su corcel por encima de montañas de cuerpos y, enarbolando la espada Ghranith, restauro los ánimos. Su hercúlea figura a contraluz prendió los corazones de los guerreros, que se lanzaron en barrena contra todo monstruo que se cruzase en su camino. 

El Campeón de la Humanidad encabezó la carga, repartiendo espadazos a diestro y siniestro, abriéndose camino hasta el Líder de Todo Mal, el Creador de Maldecidos, el Amo del Dolor, El Señor de los Majaras, Larry III. La lucha fue encarnizada, volaban espadazos de aquí para allá hasta que los filos de sus espadas quedaron completamente romos. Entonces ambos se enzarzaron en un duelo a mamporros, con esos dos garrotes metálicos, sin esquivar los golpes del otro, para comprobar cual de los dos era más poderoso. 

En una de estas, Zarlak golpeó con la puntita de su espada la gran nariz de Larry III, haciéndole saltar uno de los gruesos anillos que tenía colgado. El Jefazo de los Demonios soltó un chillido que paralizó a todos en el campo de batalla. 

—¡AAAAAAAAAAAAH! ¡JODER! ¡QUE DOLOR! ¡¿POR QUÉ NADIE ME DIJO QUE ESTO DOLÍA?! ¿SOIS TONTOS? —pronunciaba con voz de ultratumba—. ¡QUE ME HA HECHO SANGRE! ¡SOIS UNOS CAFRES!

Nadie estaba entendiendo muy bien nada de lo que pasaba. Zarlak se quedó atónito, viendo como su rival se agarraba la nariz con ambas manos, mientras profesaba improperios y grititos de dolor. 

—¡ES QUE…!— gruñía, mientras buscaba el pequeño arete en el suelo—. ¡MENUDOS BARBAROS ESTÁIS HECHOS!

—Pe-pero.. —balbució el Capeón de la Humanidad, sin saber muy bien que hacer. 

—¡Sí vais a comportaros así, nos largamos! ¡vámonos! Que así no se puede conquistar nada. Habrase visto, vienes con todas las maliciosas intenciones de subyugar a los pueblos de la tierra y te parten la nariz a mamporros. ¡Barbaros! ¡vándalos! ¡Hijos de puta!

Con esas palabras, Larry III retiró a todo su ejercito y la humanidad vivió una prospera era de paz, sabiendo que, mientras Larry III fuese el mandamás de los ejércitos de las tinieblas, no volverían a tener ningun problema con ellos.

Y así fue como Zarlak, el Destructivo, se convirtió en el mayor héroe de la humanidad, por haberle roto la napia de un porrazo al mayor demonio del inframundo. 


domingo, 10 de diciembre de 2023

El Murciélago y mi Abuelo


Sucedió una noche de esas en las que ha hecho un calor sofocante. Veníamos de disfrutar de un precioso día de piscina, de los de anuncio de revista. El agua estaba en su punto. La compañía, inmejorable. Refrigerios fríos a la hora de la merienda. Una conversación, superficial, plagada de gracejos que avivaban sonrisas fáciles. Apuramos hasta la hora del cierre, hasta ver como el Sol se escondía entre las montañas. La dura vida del veraneante.

Al volver a casa todo son prisas. Deshaz la nevera. Una lavadora con las toallas y los bañadores. Las chanclas a la pila, a lavar a mano, junto a las gafas, hay que limpiarlas con cuidado, no vaya a ser que les salga una raya más y se meta agua. Organiza la cena, que nadie quiere nada realmente, un picoteo, que dicen que vienen empacha’as de la piscina, pero nadie se priva de nada. Y la cena le toca organizarla al menda.

Que ya que iba yo enfilado para el cuarto de baño. Con toda la intención de secar tres pantanos. Con las toallas bajo el brazo y playlist perfectamente preparada. Me cruzo a mi abuelo, que va en sentido contrario, a prepararse su cena, cuando me adelanta mi madre por la derecha y, sin necesidad de palabras, me hace entender que me toca a mi encargarme de la cena de todos.

Con la fija mirada de mi madre en la nuca, sigo a ese afable señor hasta la cocina. No hace nada, se sienta en su sitio esperando que le plante un humeante plato de sopa de fideos, pero, a la que enciendo los fogones, lo tengo detrás. Es un relámpago… cuando quiere. Primero de todo, me sube los fuegos. Supervisa minuciosamente cada cosa que hago, porque claro, como no cocina él, pues el resto no lo hacemos igual. [No bien, él dice igual, por no decir que lo hacemos mal]. Saca una cuchara del cajón y la mete en la olla. Remueve. Remueve. Prueba, sorbiendo. Falta sal. Saca del armario y le echa un puñado más bien generoso. Yo lo miro desde un lado, estoy de adorno porque se ha apoderado de los fogones.

—Sacame una sartén—ordena señalando otro armario. ¡Como si no supiese donde están! —Dame, que voy a calentar esto que ha sobrado del mediodía.—Y señala un tupper de cristal, castigado en una esquina de la encimera.

Ese “voy a calentar” significa claramente “vas a calentármelo tú”. Asiento. Enciendo otro fuego. Pongo la sartén. Cojo el tupper de cristal en el que están las sobras de la comida del mediodía: tres filetes fríos, duros como suelas de zapato y unas pocas patatas fritas, ya blanduzcas. Vigilo la sopa, que los fideos no se pasen. Cuando creo que está todo, se lo sirvo. Él hace rato que se ha sentado, porque está algo mareado. Lleva unos días que dice que se marea cuando cocina, lo que es lógico, porque no está haciendo poco calor y estar a los fogones es como estar en el mismo infierno. Hasta yo me siento un poco aturdido.

Me siento en una sillita de enea, vieja como el tiempo, a recuperar un poco de resuello. Me seco las gruesas gotas de sudor que caen por la frente con la camiseta. De repente entra mi madre, cargando un montón de ropa. Pareciera que le hubiesen salido patitas a la ropa.

—¡¿TODAVÍA NO TE HAS DUCHADO?!

—¿Se ha salido…?

—¡VENGA! ¡MIRA QUE HORA ES, LUEGO, TE DAN LAS TANTAS RECOGIENDO LA COCINA!

—Pero ¿ya ha terminado…?

—Pues claro, ¿Qué te crees? Tu hermana se ducha en cinco minutos, aquí el que se tira media hora eres tú. ¡Venga!

Son las diez y media. Es muy tarde. Desisto de ponerme música, esta vez no deleitaré a los vecinos de enfrente con mi armoniosa voz. Por el pasillo me cruzo con mi hermana, con el pijama y el pelo seco. A saber cuanto hace que se ha duchado. Soy el último mono de esta casa, nadie me dice nada. Nunca.

A pesar del calor, abro la ducha lo más caliente que pueda soportar mi cuerpo. Hace más calor fuera que dentro de la ducha. No he hecho la gran cosa en el día y, aun así, estoy baldado. Dejo vagar la mente bajo los chorros. Me pierdo un rato mis pensamientos. En el día de piscina. En… las musas. Surge una idea, pero el calor y el cansancio me tienen algo aplatanado, así que no tengo muchas ganas de escribir. Con suerte, el día de mañana siga en mi cabeza.

—¿Te falta mucho? —asoma mi madre por la puerta—. ¡Que llevas media hora, salte ya!

—¡Mamá!

Hago de mi una bolita, no por pudor, sino por el susto que me ha dado. En mi casa practicamente nos hemos visto todos las vergüenzas, no porque seamos practicantes del nudismo, sino porque tenemos la insana costumbre de entrar sin llamar.

—¡Venga!—Cual goblin recoge mi ropa—. ¡Venga, que se hace tarde! ¡Que llevas media hora ya!

Cierro el grifo despacio. Mi plan de hacer que el baño se llenase de vaho, convirtiéndose en una sauna para que al salir hiciese fresquito, se va al garete, porque mi adorada madre ha abierto puerta y ventana al grito de «¿Pero no tienes calor? Abre, que me voy a asar». Desde que le dan los sofocos, vivimos en un túnel de viento. Todo abierto, que corra la brisita, aunque fuera vayan los pingüinos con bufanda.

—Ahora te haces una tortillita francesa… o, si quieres, otra cosa. Lo que prefieras. Tu recoges la cocina. Yo me siento, que estoy muy cansada.

—Va…le—arrastro las palabras viéndola irse.

Recojo el baño. Me voy al otro. Mientras me seco el pelo, apunto en la tablet la idea que he tenido, por si acaso (confío plenamente en mi memoria, pero, últimamente, me disperso con facilidad). No es la gran cosa, en la ducha me sonaba más grandilocuente, pero igual si le doy forma de poema, funciona.

Sin dejar de darle vueltas, me pongo el pijama y a la cocina. Balcón. Un huevito de la huevera. No soy muy fan del comer. Nunca me ha resultado verdaderamente placentero. Me alimento, más que nada, porque es vital para sobrevivir, pero no tengo mayor interes en la comida. Se cocinar más platos de los que suelo comer. Soy muy de Sota-Caballo-Rey en ese sentido. La tortilla francesa aprendí a hacerla hace relativamente poco, pero no me sale mal.

¡Clac! ¡Clin-clin-clin! Un poco de mantequilla en una sartén. Fuego lento. Verter. Espumadera y espátula. Y, mientras se hace, sigo barruntando la idea. Madurándola. Cierto olorcillo a quemado me alerta. ¡La tortilla se churrusca levemente! Pero dice mi abuelo que así, cuscurruita, está más rica.

Al ponerla en el plato parece un Sol. Redondita. Esponjosita. Apetecible. Amarilla… en su gran mayoría. Me saca una sonrisa, por unos motivos que me guardo para otra historia De imagen de sugerencia de presentación. Corto algo de pan, me lleno el vaso de Sunny fresquito y, cuando me dispongo a hincarle el diente a mi cena, escucho un grito estridente. Es mi madre.

De un respingo salto de la silla y salgo rápido por el pasillo. En una fracción de segundo mi mente dibuja lo peor. Cuando vives con una persona mayor, es inevitable no terminar pensando en eso de vez en cuando.

Mi madre y mi hermana están en mitad del pasillo, visiblemente nerviosas. Mi madre sostiene el picaporte con fuerza, como si quisiera evitar que se abriese. Mi hermana está detrás, mirando hacia el interior de la estancia por el translucido cristal de la puerta. Echo un rápido vistazo por encima de sus cabezas, comprobando que la luz del baño está apagada.

—¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Y el abuelo? —pregunto, mirando yo tambien por el cristal.

—¡Un murciélago! —grita mi madre—. ¡Ha entrado un murciélago!

—¿Cómo un murciélago? —repito— ¿Por dónde?

—Por la ventana— apunta mi hermana—. Y menos mal que justo me he levantado para ir al baño, que si no, me lo como yo, que estaba estudiando.

—Pero ¿y el abuelo? —vuelvo a preguntar. Es retórica, lo veo perfectamente a través del cristal, en mitad de la sala.

Las dos señalan hacia el interior.

—¿Cómo dentro? —Me masajeo el puente de la nariz, desaprobando la imprudencia, tanto de ellas por dejarlo, como de él por quedarse—. La madre que lo parió. —Suspiro profusamente—. ¿Por qué lo dejáis?

—¡Sácalo tú! —me espeta mi hermana.

Tiene toda la razón, cuando a ese hombre se le mete una idea en la cabeza es inamovible. Y, si le sumanos que se ha criado en el campo y se cree que aún tiene veinte años, a veces, pues era impensable no pensar que no se enfrentaría él a la amenaza que amenazaba su casa.

—¡Papá! —lo llama mi madre—, papá, que ya está aquí David, venga, salte y que entre él, que él lo saca.

—Espera, espera, ¿QUÉ? —suelto, totalmente sorprendido.

No voy a negar que estaba asustado. Estoy acostumbrado a sacar los pequeños bichitos que se cuelan en casa, una vez incluso saqué un pajarito, pero un murciélago es otro rollo. Me daba respeto. No dejaba de ser una rata con alas. Necesitaba ganar algo de tiempo, pensar en algo con lo que poder sacar a mi abuelo y al murciélago, con el mínimo esfuerzo y exponiéndome lo mínimo.

—¡Los murciélagos fuman! Van a los cigarrillos—suelto, chasqueando los dedos—. Me contó papá que de pequeño los cogían y los hacían fumar hasta que no podían volar.

—¿Sí? —mi hermana, extrañada.

—Sí —repito.

—Acuérdate del vecino, de Migue, que vino un murciélago y le hizo ¡fah! Con el ala en la cara y le quitó el cigarro —aporta mi madre.

—Pues eso, enciéndeme un cigarro —pido.

—No, yo si quieres te lo traigo, y el mechero, pero lo enciendes tú.

Intercambio miradas incrédulas con mi hermana. En la vida he encendido un cigarro.

—Mamá, tú a veces no piensas lo que dices, ¿no? Ahora enciende el cigarrillo y le da una pájara.

—Es que, a veces tienes unas cosas. ¿Si no me lo enciendes tú que hago? Se lo ofrezco al murciélago. Tome usted, ¿le apetece un piti?

Los dos nos reímos.

—¿Entonces…? —Arruga el morro mi madre. Por un momento había visto el percal solucionado, pero le habíamos quitado esa ilusión.

—¡UNA PALANGANA! —resuelvo.

—¿Una palangana? ¿Una palangana para qué?

—Tú tráemela.

Las dos se miran extrañadas, pero no cuestionan. Mi madre vacía una palangana de ropa en el suelo del baño y me la cede. Como ya he dicho, he cazado centenares de bichitos que se han colado en casa en los últimos años: Polillas, escarabajos, una mantis… Con un tupper y un poco de paciencia, no hay bichejo que se me escape. En mi ignorancia, supuse que cazar un murciélago sería parecido. Entrar, arrinconar al bicho un poco y, cuando menos se lo espere ¡ZAS! Preso entre paredes de plástico. La teoría me la sabía, pero no estaba contando con un factor importante: El Miguel.

—¡Papá! ¡Papá! —lo llama mi madre—. ¡Papá, salte, que lo caza David!

Levantando una mano parsimoniosamente la desacredita. Él va a encargarse del pequeño invasor, lo tiene decidido. Mi madre me empuja al interior del salón, como si echase a un gladiador a los leones. Instintivamente me protejo cual tortuga, al ver la pequeña mancha negra revolotear sobre mi cabeza. Cruzo miradas con mi abuelo, como diciéndole «ya te puedes ir, ya ha llegado la caballería», pero no me debió entender. Él está más enfocado en el pequeño intruso que en todo lo demás. Mi madre lo llama desde el pasillo, sin atreverse a asomar la cabeza, pero de ella también pasa olímpicamente.

Y allí estábamos los tres. Los dos hombres y la bestia.

—Salte, venga— ordeno, sin dejar de ver la pequeña mota negra que revolotea de manera caótica por toda la estancia.

—No, no —replica—. ¿Para qué es eso? —Señala la palangana.

—Ya veré…

La verdad es que no tengo muy claro el plan. Lo fácil sería que saliese por donde había entrado. Hay tres ventanas en la sala, más la puerta del balcón. Escudándome con la palangana, no fuera a ser que al pequeñajo le diese por lanzarse en picado a por mí, recorro la estancia en cuclillas. Mientras tanto, mi abuelo lanza manotazos a diestro y siniestro, haciendo que el murciélago revolotee en círculos, nervioso.

Abro la puerta del balcón con facilidad, de par en par, pero para abrir las ventanas tengo que mover todas las sillas de la mesa, porque topan. Entonces, sucede lo peor.

—¡Traedme la escoba!

A nadie se le pasa por la cabeza que es una pésima idea. A ninguna de las dos. Yo solo puedo observar, horrorizado, como, abrir demasiado la puerta, mi hermana le entrega el “arma” que desatará el caos.

De repente, el salón se vuelve un campo de batalla. La palangana, ahora sí, pasa a ser un escudo. Mi abuelo reparte escobazos a diestro y siniestro, intentando golpear un bicho poco más grande que una pelota de tenis.

Mi abuelo es un señor mayor, octogenario, con sus achaques y sus cosas. Pues hace poco más de una hora, ese señor estaba mareado por esforzarse un poco de más a la hora de cocinarse una sopa de fideos y ahora, empuñando una escoba, se dispone a enfrentarse a un animal que no es más grande que su mano.

Se coloca, estratégicamente, en el centro de la sala. A una distancia perfecta para, con un grácil movimiento, arrastrar la tele y lanzarla por los aires. Me temo lo peor cuando lo veo abanicar la escoba, como un bateador que se prepara para hacer el home-run de su vida. El primer golpe pasa a escasos centímetros de las tulipas.

—Miguel— lo llamo, viéndome venir el golpe a la lámpara—. Miguel, para. ¡Miguel! ¡MIGUEL!

Ni puto caso. A ver, es verdad que está sordo como una tabla, pero a veces lo finge. La sonrisa de su rostro me lo indica. Me ha escuchado perfectamente, pero no va a cejar en su empeño de derribar al bichito. El pobre animalejo vuela cada vez más rápido y errático, evitando los escobazos como puede. Uno logra impactar, pero lejos de noquearlo, solo lo desvía un poco. Eso lo envalentona. El animalejo queda un poco aturdido, por lo que vuela un poco más errático y él, pasito a pasito, como si fuese Ahab persiguiendo a la ballena, se coloca debajo de la lámpara. He de admitir que me siento orgulloso de aquel golpe, es, por un momento, como verlo en su juventud, jugueteando con sus amiguitos. Hacía mucho que no veia esa energía en él, pero no deja de ser un agente del caos. Con una sonrisilla en el rosto sigo a lo mío, con un ojo puesto en mi abuelo y el otro en el murciélago.

—Hay que abrir las ventanas —grita mi hermana —y bajar la luz, y entonces se va solo. Eso dice internet.

—En ello estoy —le contesto, mientras repto cual tortuguilla, con la palangana a cuestas.

Y entonces ¡PAM! Bingo. Le dio. ¡Le dio!

La lámpara de la sala, que tiene casi más años que yo, tiene siete tulipas distribuidas en una especie de circulo con una en medio. Son tulipas de cristal, angulosas, gruesas y algo pesadas. Bueno, pues partió una a la mitad. Un corte limpio, casi pareciera de uno de esos videos de espadachines japoneses en los que demuestran su habilidad con la catana. Además, tuvimos la suerte que el cacho de tulipa que “cortó”, cayó en el sofá, impidiendo que se partiese en mil pedazos.

—¡La lámpara! —le regaño—¡MIGUEL, SALTE!

—No pasa nada —me replica, persiguiendo a su presa con la mirada.

Antes de que pudiese lanzar otro ataque, ya estoy a su lado. Con una mirada me basta para que se achique. No quiero regañarlo, pero él sabe que lo que ha hecho ha sido una tontería. Ya no por romper la lámpara, eso es lo de menos, sino porque le podía haber caído en la cabeza. O podía haber tirado la tele y haberla roto. O se podía haber hecho daño de mil maneras.

—Estate quieto un momento.

Bajo la luz y, como dijo mi hermana, el murciélago apenas tarda unos segundos en encontrar la salida. Las chicas entran entonces, algo temerosas de lo ocurrido. Mi abuelo señala la lámpara con la escoba, como si fuese un trofeo, soltando un «bueno, no ha pasado nada». Mi madre le reprocha, pero él vuelve a repetir que no había pasado nada. Ha tenido suerte, la tulipa que ha partido es la única que no tiene bombilla, porque en ese brazo hay algo más y cuando está la bombilla puesta, salta la luz.

—De lo que no hay —le murmuro a mi hermana, que responde encogiéndose de hombros.

Limpiamos el pequeño destrozo, asegurándonos que no haya esquirlas en el sofá. El abuelo señala al principio, pero a la que ve que no hay peligro, se sienta. Se le nota el cansancio en la cara, pero no es capaz de admitir que se ha excedido. Sigue repitiendo que no ha pasado nada, que él ha echado al murciélago.

Yo vuelvo a la cocina, con el corazón latiéndome a mil por la adrenalina. La tortilla me espera, fría, tal y como la dejé. Son las doce y cuarto. Otro día que se me va. Otro día en el que me sentaré a escribir a horas intempestivas, porque me he entretenido.

Pero ¡eh! Esta vez ha sido cosa de fuerza mayor; no todos los días Don Quijote se enfrenta a un dragón en tu salón.

domingo, 3 de diciembre de 2023

El Crimen de Muñondo


Aquella mañana hacía frio. Un frio desagradable. Hostil. De esos que se te meten por debajo de la piel y te duele en los huesos. “El frío del norte” dije para mis adentros, exhalando algo de aliento en el interior de la bufanda, para calentarme un poco. Era la primera vez que viajaba tan al norte del país. Nunca había salido de la provincia hasta entonces pero, como decía uno de los mejores profesor que tuve “si la historia es buena, hay que seguirla hasta el infierno”. Y aquella lo era.

Después de un trayecto algo complicado, en el que el mapa de carreteras era mi mejor aliado y mi mayor enemigo, llegué a un aislado pueblecito entre las montañas. El verde predominaba allá donde mirase. Era precioso el paisaje, a la par que húmedo y frio. El pueblito era una fiel fotografía que había sido anclada en el tiempo, reflejo de una época más apacible. Me sentí, por un momento, protagonista de una de esas novelas fantasiosas. En una tierra mística, milenaria. 

Los caserones, testigos de tiempos preteriros, parecían juzgarme al pasar. Eran realmente intrigantes, de robustas piedras grisáceas y firmes vigas de madera, visibles para todo el mundo. Algunas tenían parte de la fachada pintada de blanco, pero aún coloridas, no dejaban de generarme esa sensación añeja, como si no fuesen de nuestra época. Nunca me había topado con unos edificios de ese estilo, lo más parecido, la casa del pueblo que tenía mi familia allá por Badajoz, pero ni de lejos se acercaban a la majestuosidad de aquellas casas. 

A medida que me acercaba a lo que supuse sería el centro del pueblo, los edificios adquirían un corte más moderno. Pisos de cuatro o cinco plantas, todos muy parecidos entre sí; la carretera mejor asfaltada; aceras más anchas, de unas baldosas muy características; negocios de escaparates vistosos, adornados con tallas y símbolos extraños para mí; una gran plaza guarnecida por árboles, en la que se encontraba un gran edificio de corte neoclásico, sin duda alguna el ayuntamiento y una gran iglesia románica, humilde, recia y geométrica, tan bien cuidada que daba la impresión de haber sido construida recientemente.

Aparqué cerca del lugar donde había concertado la reunión. Aún no me creía que hubiese hecho todo ese camino por una historia, pero sentía que merecía la pena. Eché en la mochila bandolera que tenía desde los doce años mi fiel grabadora y un par de cintas, unos cuadernos y un estuche lleno de plumones y lapiceros. Estaba nervioso como nunca, por lo que, sin darme cuenta, empecé a deambular por el pueblo.

El viejo campanario marcó las nueve cuando entré en el pintoresco bar. Aún quedaba media hora para la entrevista. Pedí un café bien cargado, a ver si lograba espabilarme y hacerme entrar en calor. La señora que atendía la barra me miró con recelo, como si desconfiase. Ocupé una de las mesas del fondo, resguardado de miradas curiosas. Notaba los ojos de los parroquianos habituales clavados en mí desde que había entrado. En aquellos tiempos era lo normal,  los “extranjeros” no éramos muy bien recibidos por aquellas tierras. 

Sin hacer mucho caso de los comentarios de aquellos hombres, que hablaban en aquel extraño idioma, saqué un bloc para repasar las notas que tenía hasta el momento. Ni bien había leido la primera página, apareció mi cita.

Un hombre mayor, de más de ochenta años, entró por la puerta del bar. Caminaba despacio, apoyándose en un bastón peculiar. Una pieza de madera robusta que, más que bastón, parecía garrote. Los cuellos de la camisa sobresalían por el cuello del jersey, de lana, rojizo. El pantalón perfectamente planchado para la ocasión. Y, sobre la cabeza, una boina negra como el tizón.  Saludó a los parroquianos con un gruñido, ni siquiera puede clasificarse eso que dijo como palabra, para, acto seguido, acercarse a la camarera.

Kafesne bat, faborez, Argiñe —dijo, con una voz más dulce de la esperada—, bai hotza gaurkoa, ea kafeak berotzen nauenarima, gutxienez.

Ella respondió algo que ni siquiera pude escuchar, señalando hacia donde yo estaba, con la cabeza. Él no tardó en acercarse. Cuando clavó sus dos ojos, azules como el cielo, en mí, sentí un escalofrío recorriendo todo mi ser. El corazón se me aceleró. Un desagradable sudor frío empapó mi nuca. La boca se me secó al punto que no fui capaz de responder a su saludo. Apenas un movimiento con la cabeza, leve, pues no era dueño de mi cuerpo en aquel momento. 

Barkatu, txikito —habló, de nuevo con aquel dulce tono—. Me he adelantau un poco. Gregorio Goicoechea.

Me tendió una mano arrugada, callosa, pero firme. No parecía la mano de un anciano. Mi cuerpo seguía sin reaccionar. Ante mi cara de estupefacción, sacó entonces una vieja libreta del bolsillo de la camisa, y me la cedió.

—Hace años cometí un crimen —comenzó tras un suspiro—. Mataron a la pobre Bibiana y a su hija. Todos sabíamos quién fue y callamos como putas. Yo fui el detective que ayudó a encubrir a aquel putakume… —Destellaba fiereza su mirada—. ¿Eres periodista, no? Pues aquí tienes una historia que contar.

Clic. Empecé a grabar:

Sucedió una noche, lo recuerdo como si fuera ayer. Había vuelto la pobre neska, la Merche, la hija de la Bibiana, de la ciudad; había ido a ganarse el pan, de manera honrada, eh ¡Como Dios manda, pues! Y eso, que volvió al baserri y se encontró un verdadero sarraski. Una carnicería. Un txolopote de cuida'u. A la aizpa se la habían matado y la habían dejado allí tirada, en medio de la cocina. La pobrecita Miren Nekane. Era muy guapa. Pretendientes no le faltaban, ¡Y no solo en el pueblo, en toda la comarca! Que acabase así… una pena. Una verdadera pena. La ama, la Bibiana, pudo huir un poco, a pedir ayuda, le dio tiempo a salir, pero la cazaron a mitad del camino y… —Deslizó el pulgar lentamente por la garganta, acompañándolo de un sonido gutural—, ¡Raja’o! 

Y ahí es donde empezó el verdadero pitote.

Imagina. Esto es un pueblo pequeño. La noticia corrió como la pólvora y, antes de que nosotros llegásemos, ya teníamos una decena de curiosos, txutxumutxukando, inventando historias y teorías. Imagina lo difícil que es la tarea de un detective de aquel entonces, con todo el pueblo sacando lo trapos sucios e intrigando. ¡Pero bueno, uno profesional, es trabajador y, ante todo, es honra’o! —Se encogió de hombros, como queriendo escurrir el bulto—. Hicimos lo que pudimos. No fue fácil. Fue una jodienda. La Bibiana y su hija eran muy queridas en el pueblo… pero bueno, cuando está en el hoyo, todo el mundo es bueno. La verdad es que no tenían ni riñas, ni disputas, ni enemigos. Eso hacía muy dificil encontrar un hilo del que tirar.

Cuando registramos el baserri, no encontramos nada raro. Había dinero, por lo que se descartó el robo. Se comentaba por las tabernas que andaban algo escasas, pero habían vendido una ternera a la mañana, así que tenían para pasar el bache. Tampoco nos ayudaron mucho los vecinos, nadie había visto nada, ni oído nada. Ni siquiera el perro había alertado de que había un intruso, por lo que esa era la única pista que podíamos seguir: el crimen lo había perpetrado un conocido de la familia.

Nos agarramos a un clavo ardiendo. Era eso o nada. Y nada no podía ser, la gente quería respuestas. Sobre todo, los kuxkuxeros de la prensa. —Me echó una mirada de perdonavidas que no hizo más que tensarme más, aunque creo que quería parecer compasivo por mi oficio—. Así que tiramos de ese único hilo que teníamos y empezamos a preguntar por los “conocidos” de la familia. Y ahí salieron dos nombres: Los Aranzadi y los Lizardi.

Eso solo significaba una cosa: Problemas. Con esas dos familias involucradas en el caso, iba a ser prácticamente imposible llevarlo a buen puerto. Los Aranzadi y los Lizardi han sido, desde hace un tiempo, las dos familias más poderosas de la comarca. Han sido como… —Alzó la vista al techo, queriendo buscar un símil adecuado. Tras unos segundos de silencio, sus azules ojos destellaron—. ¡Como los Capuleto y los Montesco! Sí, como los Capuleto y los Montesco. Dos familias enfrentadas. Dos familias rivales en prácticamente todo. Y entre medio nosotros, el Sargento Azkarra, Tomás Legazpi, Severiano Abadejo, Gero Apalategi y un servidor. Entre los cinco teníamos que encargarnos del caso, porque no había más. Aún así, desde que “descubrimos” que esas familias estaban en el ajo, no parábamos de temblar. Ikarak hartu gintuen, txikito

Por un lado teníamos a los Aranzadi. Una familia tradicional. Muy fededun, muy religiosa, y muy cristiana. Todos los domingos a misa. ¡Eso es sagra'u! Y nadaban en la abundancia. Tenían un baserri del copón bendito. Grande. ¡ENORME! Con nosecuantas hectáreas de campo. De todo. Vacas, un rebaño de ovejas, cabras, unos txerris… Y gente que trabajaba para ellos. Decían que daban un buen jornal, pero, si te digo la verdad, tampoco es que hubiese muchas opciones. Joxe Ramón era el patriarca; un hombre muy como Dios manda, algo cerra'o de mente y muy suyo, pero en el fondo era buena gente. Cuidaba de la familia, gestionaba sus tierras y su patrimonio con mano dura, ayudaba en el pueblo, donaba mucho dinero para que se mantuviese bien y no faltaba ni un día a misa.  El problema era su primogénito, Inaxio. Su padre y su pobre ama lucharon mucho para centrarlo, pero ya sabes esa gente como es. Cuando te crían entre algodones, te crees intocable, e Inaxio lo pensaba. Era muy trabajador, eso sí, ayudaba en las labores del baserri, pero, le perdía una parranda como el que más. El vino le gustaba más que a un tonto un lápiz. Era más fácil buscarlo en la taberna que en la labranza. Y las mujeres… ¡eran su perdición! Pero bueno, el que es guapo, es guapo y él lo era, ¡y de buena familia! Podría haberse casado con cualquier buena moza de la comarca, pero se encaprichó de Miren Nekane. Así que ahí teníamos un posible hilo. 

Por el otro lado estaban los Lizardi. Algo más “modernos”. Su baserri no era tan grande, ni tan vistoso. No tenían mucha tierra en la que plantar, lo justo para alimentarse, pero no como los Aranzadi que podían comerciar con lo que les sobraba. Tampoco tenían rebaños de animales, algún artalde y poco más, pero vaya que tampoco les daba eso de comer. Lo que tenían los Lizardi era buen ojo para los negocios. Habían comprado el aserradero cuando se quemó, a precio de costo. Cuando ese negocio empezó a funcionar, compraron un par de molinos, no solo eran los únicos del pueblo, sino de la zona; casi todos los baserris en kilómetros dependían de esos molinos. Cuando eso empezó a dar dinero también, compraron un local y montaron una panadería. Con los ingresos de la panadería compraron una camionetilla para hacer los repartos a los pueblos vecinos. Y con lo que sacaban por eso, pudieron montar una pequeña fábrica textil en la ciudad; con la lana de sus propias ovejas hacían prendas que luego vendían aquí, en una tiendecita que tenían. ¡Todavía está funcionando, a dos calles de aquí! Aunque ya no es lo que era. El caso es que, quien mandaba en los Lizardi era María José, la ama, la mujer de Bartolo. De puertas para dentro, decían. Bai zera! Menuda mujer más… imponente. Ella era capaz de hacerlo todo como lo haría un hombre. ¡Incluso mejor! Se encargaba de todo, de la casa, de los negocios, ¡y le sobraba tiempo para criar a sus ocho hijos y sus dos nietos! Pero ellos tampoco eran una familia perfecta, también había un eslabón que les flaqueaba. En este caso, su hijo más pequeño, Peru. Era un buen muchacho, grande, fuerte, callado, muy trabajador y buen cristiano, pero, no se le conocía mujer. Y no porque le faltasen, las que no seguían a Inaxio Aranzadi, estaban detrás de él. Pero Peru era un poco…

—¡MARICÓN! —cortó el relato un de los parroquianos de manera abrupta—. Era maricón. Le gustaba una buena verga… —Acompañó su relato agarrándose el paquete de manera soez.

El detective Echeverría le echó la misma mirada perdonavidas de la que había sido victima yo hacía escasos minutos. Y con eso bastó para que aquel hombre se volviese a sentar en silencio, centrado en su txikito. Con todo en silencio, el detective continuó con su relato:

Lamento la interrupción, txikito. Pero sí, Peru era un poco afeminado. Y por eso, para callar las habladurías y mancillar el honor de la familia Lizardi, le buscaron matrimonio. ¡Puta casualidad que, de entre todas las mozuelas del pueblo, fueran a elegir a Miren Nekane Artolarra! El segundo cabo suelto. 

Todo apuntaba a un crimen pasional, fuese de un lado o de otro. 

También se rumoreaba en el pueblo que el baserri de las Artolarra era una tapadera para un lupanar. Que Bibiana sería la madame y Miren Nekane, pues una pobre diabla, una mujer de vida alegre, que había preñado de uno de esos dos. Y claro, ella lo quería tener, porque no es cristiano deshacerse de la criatura. Pero un bastardo es una mancha imborrable en el honor de un hombre, así que se la quitaron de en medio, y a la señora también. Esa teoría la descartamos rápido, ¿Dónde has visto tú un burdel con solo una chica? ¿Y tan cerca de un pueblo? Además, no tenía ningún fundamento. —Un parroquiano carraspeó, ganándose otra mirada del detective. Sólo imaginar cómo sería un interrogatorio de un hombre con semejante poderío me resultaba intrigante—. Era una tontería. Como una tontería era lo que decían de que había sido un robo que había salido mal. Txotxolo halakoak! Yo mismo me encargué de poner patas arriba ese baserri y ni dinero, ni joyas faltaban. Así que nos centramos en eso, en el crimen pasional. 

Dividimos las fuerzas en dos parejas, a los Aranzadi fueron Severiano y Gero y yo marché con Legazpi a donde los Lizardi. Una jodienda. Un verdadero txolopote. Nadie quiso colaborar. 

En lo de los Aranzadi se encontró una alkandora, una camisa, manchada de sangre y unas tijeras muy limpias. Demasiado. Vixente, el hermano de Joxe Ramón, dijo que la camisa era suya, que había estado ayudando a parir a la vaca. Aún así, la camisa no le entraba ni unta'o en aceite. Cuando empezaron a cuestionar a Inaxio y a hacer preguntas, se cerraron en banda. Joxe Ramón se puso un poco agresivo y entonces se llevaron a todos cuantos consideraron. Al padre, al hijo ¡y hasta al espíritu Santo! Siete detenidos.

A nosotros, en lo de los Lizardi, no nos fue mucho mejor. De entrada, el viejo Bartolo se puso violento nada más vernos. Era un tipo temperamental, igual que un toro, por eso su mujer se encargaba de todo, porque Bartolo tenía la inteligencia justa para no cagarse encima. — Noté cierto tono de rencor en sus palabra, pero no me atreví a cortarlo—. Nos salió al camino, con una azada, y nos agredió. Casi me rebana una oreja el putakume. —Me mostró la izquierda y, efectivamente, le faltaba un pedazo triangular—. ¡Ojalá te lo estés pasando en grande con Patxi, cabrón! Perdona, txikito, me he excedido. El caso es que después de ese atentado contra nosotros, María José no opuso pega alguna a que investigásemos. Había mucho dinero en la casa, demasiado sabiendo que habían tenido problemas con el aserradero y que uno de los molinos se había quemado hacía poco. Además, en ese baserri todo el mundo estaba muy nervioso, como si quisieran ocultar algo. Por si acaso, nos llevamos a otro puña'o al talego. A Bartolo, por agresión, y al resto de hombres de la casa, Fermín, el mayor, Antton, Felipe y Peru. Además, también nos llevamos a Josefa, que salió detrás de nosotros a azuzarnos a los perros. De no ser por mi intervención, Legazpi también hubiese acabado en el calabozo, por asesinato.

No estaba el cuartel preparado para acoger a tanto huésped —se permitió bromear—, así que nos organizamos y los metimos en la casa consistorial. No le sentó muy bien a Don Frantsizko que el Sargento Azkarra ocupase su despacho, pero no había de otra. A Josefina la soltamos a la hora, solo queríamos darle un susto. Y entonces empezó el verdadero desafío: Los interrogatorios.

¡Ni te imaginas lo que fue aquello, txikito! Hicimos todo cuanto pudimos, pero no fue fácil. Primero de todo, había que separar a las dos familias. Entre la casa cuartel y la casa consistorial nos apañamos, pero no teníamos suficientes calabozos, ni cuartos, para todos. Metimos a los Lizardi en la casa cuartel, porque eran menos y, quieras que no, también menos influyentes. Nadie quería colaborar. 

Los Aranzadi se cerraron en banda. Todos se protegieron los unos a los otros. Sus coartadas eran perfectas. Las versiones que nos dieron cada uno de ellos era similar a la anterior y a la siguiente. Lo habían preparado a la perfección. Era lo que tenía la laxitud con la que fueron tratados. Incluso el alkate don Frantzisko intercedió por ello. 

Por otro lado, los Lizardi estaban nerviosos. Cada uno contó su verdad. Con ellos fuimos más duros, incluso. Me avergüenza admitirlo, pero nos pasamos con ellos. Los torturamos. El Sargento Azkarra quería una confesión, y tenía que ser de ellos. No podíamos permitirnos que aquello salpicase a los Aranzadi, por más que las pistas apuntasen a Inaxio.

Mientras el Sargento y Legazpi se encargaban de ganar tiempo, con argucias que nos permitiesen mantener a aquellas dos familias cautivas, Servando, Gero y yo volvimos a los baserris  a investigar. Servando fue a Artolarra, Gero a Lizardi y yo a Aranzadi. Necesitábamos una pista que nos indicase quien había perpetrado aquellos crímenes. Gero volvió con las manos vacías, los Lizardi estaban limpios, por mucho que nos interesase que fuesen ellos los involucrados. Peru y dos de sus hermanos habían estado en la ciudad, a por un préstamo para poder hacerle frente a las reparaciones del aserradero y el molino. María José le entregó el recibo a Gero nada más verlo, por lo que no tuvimos de otra que soltarlos. 

Servando y yo tuvimos mucha más suerte. Andábamos necesitados de un milagro, esperábamos no topar nada que los incriminase, correr con la misma suerte de Gero y poder soltar a los Aranzadi también. Pero no fue así. Fuimos buscando pistas y las topamos ¡Jo si las topamos! —Se frotó las manos, como si las acabase de encontrar—. Unas cartas de Miren Nekane a Inaxio. Un taco. Casi una veintena. Eran cartas de amor las primeras, pero las interesantes eran las que tenían fechas más actuales. El último grupo. Tres cartas apenas. Y en esas tres cartas, Miren Nekane le contaba que estaba en cinta. Que había preñao’ y que se tendrían que casar.

Servando encontró otras tantas, de él hacia ella. La misma temática. Le llenó la cabeza de castillos al principio, pero a medida que leíamos, se iba volviendo más y más antipático. La última era la que nos dio la esperanza. La que hizo el milagro. Era casi una confesión escrita: Si no se deshacía ella de la criatura, él se encargaría de deshacerse de ella.

Aún siendo el peor de los escenarios, era lo que había. Tras aquella pista, soltamos a los Lizardi y a la mitad de los Aranzadi, a los más jóvenes, pero Legazpi se encargaría de supervisarlos, por si cometían algún error que incriminase a alguien más. 

Volvimos a interrogar a Inaxio y a José Ramón. La historia era idéntica a la de la otra vez, hasta que les entregamos las cartas. Entonces se quedaron mutus —Se cerró los labios con una llave imaginaria—. Txintik ez! Llamaron a un abogado a la capital, Arsenio Basterra; un picapleitos. Nos dificultó la vida. Fue duro, pero el Sargento lo era más. No iba a dejar escapar a aquel hombre indemne. Si había matado a aquellas dos mujeres, se merecía pudrir en la cárcel. Pero el picapleitos se las ingenió para sacarlos, a los dos. A José Ramón lo íbamos a soltar de todos modos, pero a Inaxio lo sacó con una argucia rastrera. Le inventó testigos, una coartada y empezó a difamar a las Artolarra. Aprovechando el rumor de que era un prostíbulo encubierto, ¡Si hasta trajo unas putas! Qué no las conocía ni Dios, pero, a ver quién era el guapo que se atrevía a decir que las conocía. Muñondo es un pueblo pequeño, nos conocíamos todos. Y esas señoras no las habíamos visto en la puta vida, pero… —Se encogió de hombros—. Una perrada. PUTAKUME HALAKOA! Encima, se dedicó a revisar cada pista y cada paso que habíamos dado, para desestimar todo. Nos quería meter un puro, y casi lo consigue. Decía que las detenciones habían sido ilegales, porque no teníamos pruebas sólidas, solo conjeturas. Que aquello era más una venganza personal. Que las cartas no querían decir que la hubiese matado él, y tenía razón, pero todos sabíamos que de haberlo presionado un poco más, hubiera confesado.

Además, nos echó a la opinión pública. No sé como pero se enteró de que los interrogatorios habían sido un poco… bruscos. Putakumea. Tuvimos que andar con pies de plomo de ahí en adelante. Queríamos seguir investigando, pero nos cortaron las alas. A los pocos días, el Sargento Azkarra fue relevado del cargo, al Rif lo enviaron, a que lo matasen. Nos llegó el Capitán López, un hombre apocado y timorato. Un chupatintas capitalino. Un pelele. 

A las pocas semanas nos hizo dar carpetazo al crimen. Como el arma del crimen, habíamos concretado, eran unas tijeras de artzain, de esas que se usan para esquilar la oveja, dijo el capitán que podría haber sido cualquiera. Incluso de fuera de la comarca. Que sería imposible dar con el asesino. Sería contraproducente ir dando palos de ciego, apresando a todos los pastores.

Y así terminó el caso. Sin resolver. José Ramón Aranzadi nos denunció por haberlo torturado, a él y a su hijo. Inventaron pruebas y un testimonio que le había preparado el chupatintas ese de Basterra. Para no ser echados del cuerpo, tuvimos que aceptar unas condiciones de mierda. A Legazpi y a mí nos mandaron a tomar por culo. A donde Cristo perdió las sandalias. A mi me mandaron a Soiartze, allá por Baiona, Legazpi no corrió con la misma suerte, se tuvo que ir a Badajoz. Seve y Gero, que eran más mayores, se pudieron quedar, pero se volvieron dos mamelucos, acataron todas las órdenes de López, por muy kaskarras que fueran.

Tuve la suerte de poder volver aquí, a Muñondo, pasados quince años. Me llamaron para ser el subcomisario del sustituto de López, que había dado el salto a la política.  Todo estaba igual, pero me sentía forastero. Era el sheriff nuevo que llega al pueblo. Y no tardé ni un segundo en buscar los documentos del caso. Había vivido obsesionado todos esos años, pues aquel fue el único que no pude dar por cerrado, pero va y que me encuentro que no están los archivos. Gero me dijo que se habían perdido todos un par de años antes, por culpa de una inundación. Bai zera! No lo creí en ese momento y sigo sin creérmelo ahora.

Pero bueno, da igual, porque al año, un pobre diablo se cargó el muerto él solo. Juanito Salazar, Karrika, en su lecho de muerte, confesó el crimen. Muy bien no estaba de la cabeza ese hombre, y el párroco no tardó un amén en venir a confesarlo. Cuando fuimos a corroborarlo, estaba en un estado lamentable, como ido, pero a la que apareció don Anselmo, el párroco, pareció tener un instante de lucidez y lo confesó. Él había matado a la Bibiana y a su hija. A la mañana les había comprado la ternera, y luego había planeado entrar a robar, no quería matarlas… en principio. Lo que pasó fue que la pobre Miren Nekane lo descubrió nada más entrar, y claro, se puso nervioso y la mató. Y luego, la Bibiana, al escuchar gritos, salió corriendo, y también la tuvo que silenciar. 

Y ahora sí, con esa confesión se dio por cerrado el caso. Inaxio, que era ahora el patriarca de los Aranzadi, y se presentaba a la alcaldía, tuvo un subidón de popularidad con el cierre definitivo del caso. Siempre había tenido ese sambenito colga’o, pero encontrar un culpable hizo que todos lo tomaran como un santo.

—Y eso es todo, txikito. Ese fue mi crimen, encubrir a un asesino. Y por eso te lo cuento, mi vida se está acabando, pero igual tú puedes hacer justicia y, aunque sea, aclarar que fue lo que realmente sucedió. Por que descansen de una vez la pobre Bibiana y Miren Nekane. 

Y con las mismas, terminó su consumición de un trago y se marchó. Las miradas de los parroquianos se clavaron entonces en mí. No sabía muy bien como obrar en esa situación, la historia era interesante, pero no dejaba de ser eso, una historia. No había pruebas que me llevasen a creer que era verídico. Ya me había dicho el detective Echevarría que registros no quedaban y, siendo un suceso de hacía más de cincuenta años, me resultaría muy dificil lograr testimonios fidedignos. 

Recogí mis cosas en silencio, barruntando que hacer. Intentaba pasar lo más desapercibido posible, mientras escuchaba los cuchicheos de esos hombres, en aquel idioma tan ajeno para mí. Lo único que quería en aquel momento era volver a mi Ford Escort, pisar el acelerador y salir de allí lo antes posible. Volver a mi piso, pensar en la historia, macerarla y decidir. 

No había dado ni dos pasos fuera de la taberna, cuando se cruzó conmigo una joven muchacha. Y digo cruzó por no decir que me embistió como uno de esos Miuras que torea el maestro Ruiz Miguel. 

Era de una belleza tosca, pero no dejaba de ser intrigante. Por esa sonrisa mereció la pena conducir tanto. Incluso lo haría de nuevo, si fuera menester. 

—Lo siento, ¿estás bien? —dijo con una voz ternísima. 

—Sí, sí, soy un tipo duro —respondí, mientras ocultaba el raspón de mi codo con disimulo—. Ha sido nada… —En aquel momento, quizá por lo cohibido que había estado durante la charla, mi boca se movió sola—. Rafael Rivas, periodista. 

—Nekane Artolarra, mucho gusto. 

En lugar de los dos besos que me esperaba, me tendió la mano. 

—¿Artolarra?

Era una señal del cielo. Aquello despejó cualquier duda que tuviese. Investigaría aquella historia.